A pesar de décadas de campañas y leyes contra el tabaco, el cigarrillo sigue cobrando la vida de más de ocho millones de personas al año. Ante esta realidad, crecen las voces en la comunidad científica que cuestionan la efectividad de las políticas actuales. Entre ellas, destaca la del cardiólogo griego Konstantinos Farsalinos, experto en reducción de daños por tabaquismo, quien sostiene un punto clave: el problema no es la nicotina, sino el humo que la acompaña.
Farsalinos y otros especialistas aseguran que los esfuerzos globales contra el tabaquismo están desenfocados. En lugar de fomentar alternativas más seguras, muchos gobiernos las restringen o las prohíben, ignorando las pruebas de su utilidad para abandonar el cigarro tradicional. Dispositivos como los vapes, el tabaco calentado o las bolsas de nicotina ofrecen rutas mucho menos dañinas, pero el estigma y la desinformación siguen bloqueando su adopción.
SUECIA COMO MODELO
El caso de Suecia demuestra que existe otro camino. Gracias a una política de tolerancia hacia productos como el snus y los cigarrillos electrónicos, ese país ha logrado reducir su tasa de tabaquismo a apenas el 4,5%, la más baja de Europa. Esta estrategia, basada en ofrecer opciones reales a los fumadores, ha contribuido a que los hombres suecos presenten un 61% menos de muertes por cáncer de pulmón y una mortalidad general por cáncer 34% menor que la media europea.
Desde 2012, Suecia ha logrado reducir el tabaquismo en un 54%, sin prohibiciones extremas ni campañas basadas en la culpa. La clave ha sido permitir el acceso a productos menos nocivos, y regularlos de manera eficaz.
EL PROBLEMA DE PROHIBIR
Mientras Suecia avanza, otros países retroceden. En lugares como San Francisco, la prohibición de los sabores en los productos de vapeo ha tenido efectos contraproducentes. Según varios estudios, tras la implementación de esta medida, aumentó el consumo de cigarrillos tradicionales entre adultos. Aun así, la Corte Suprema de Estados Unidos ratificó la autoridad de la FDA para imponer estas restricciones, generando críticas desde el ámbito de la salud pública.
Farsalinos insiste en que los sabores no son un anzuelo para niños, sino una herramienta efectiva para ayudar a los adultos a dejar de fumar. La satisfacción que proporcionan mejora las tasas de abandono y reduce las recaídas. El verdadero problema, según él, está en la falta de regulaciones equilibradas: se prohíbe el vapeo con sabor mientras se permite la venta de bebidas alcohólicas dulces que también podrían atraer a menores.
La experiencia internacional respalda el enfoque de reducción de daños. En Nueva Zelanda, el número de fumadores diarios cayó a la mitad desde 2018, mientras crece el uso responsable del vapeo. En Japón, las ventas de cigarrillos bajaron un 43 % tras la introducción del tabaco calentado. Y en el Reino Unido, casi tres millones de personas han dejado de fumar gracias a los cigarrillos electrónicos.
A pesar de estos datos, muchas autoridades siguen apostando por políticas restrictivas que terminan beneficiando a las grandes tabacaleras y dejando fuera a pequeños productores y tiendas independientes. El resultado: menos opciones, precios más altos y una vuelta al cigarrillo clásico.
REPLANTEAR LA REGULACIÓN
Las críticas ambientales hacia los vapes desechables, por su impacto en los residuos electrónicos, son legítimas, pero solucionables. La respuesta no debería ser prohibir, sino regular: exigir reciclaje, mejorar los sistemas de recogida y aplicar normas similares a las de otros aparatos electrónicos.
Para Farsalinos, el debate no es sobre dispositivos, sabores o ideologías, sino sobre una elección fundamental: ¿seguiremos guiando las políticas de salud por el miedo o por la evidencia? Él cree que los fumadores merecen alternativas más seguras y el derecho a decidir por sí mismos cómo salir del tabaco.
y luego