Mientras Hong Kong refuerza su ofensiva contra el tabaco con nuevas restricciones que afectan tanto a cigarrillos tradicionales como a alternativas como los vapes, las cifras y experiencias reales cuentan otra historia: las políticas de prohibición total no están funcionando como se esperaba.
Un estudio reciente de una universidad local revela que cerca del 70% de los menores de 25 años han probado cigarrillos electrónicos. Y más importante aún, el 60% lo hizo por presión social. También se señala el estrés como un motivador frecuente. Estos datos apuntan a que la raíz del problema va más allá del simple acceso: tiene que ver con las razones psicológicas y sociales del consumo.
UNA ESTRATEGIA INCOMPLETA
Desde 2022, las autoridades de Hong Kong han prohibido la importación de dispositivos como los vapes y los productos de tabaco calentado. Ahora planean ir un paso más allá: se contempla penalizar incluso la posesión pública a partir de 2026, además de ampliar las zonas libres de humo y eliminar progresivamente productos con sabores.
El objetivo, en teoría, es claro: reducir el consumo. Pero los expertos advierten que esta línea dura puede tener el efecto contrario. Al eliminar alternativas de menor riesgo sin ofrecer vías realistas para dejar de fumar, se empuja a muchos usuarios de nuevo al cigarrillo convencional. Y eso ya está pasando en otras partes del mundo.
En 2024, las Maldivas prohibieron la venta de vapes. Resultado: un aumento del 38% en el comercio ilegal de tabaco y sin cambios significativos en los niveles de tabaquismo juvenil. La falta de opciones seguras no solo no resolvió el problema, lo desvió hacia un mercado más difícil de controlar.
EL DILEMA ÉTICO Y ESTRATÉGICO
Cifras locales muestran que en los puntos de mayor consumo de tabaco en Hong Kong, la mayoría de fumadores lo hace a diario y más de la mitad consume más de 10 cigarrillos al día. Aunque un tercio de ellos apoya medidas como el empaquetado neutro, también necesitan alternativas reales para dejar el hábito.
Organizaciones como la Coalición de Defensores de la Reducción del Daño del Tabaco de Asia Pacífico (CAPHRA) alertan que seguir un modelo rígido de “dejar o morir” no solo es ineficaz, también es inhumano. Abogan por una estrategia que incluya productos de menor riesgo como herramientas para reducir el daño.
JAPÓN Y NUEVA ZELANDA
A nivel mundial, el número de fumadores se ha mantenido prácticamente estancado en 1.100 millones desde el año 2000. La razón, según los expertos en reducción de daños, es que las políticas actuales dejan fuera alternativas viables como el vapeo o el tabaco calentado. En la próxima reunión de la COP11, CAPHRA exigirá que los consumidores tengan voz en la discusión. Hasta ahora, ningún grupo de usuarios ha sido invitado a la mesa de decisiones, a pesar de que muchos han logrado dejar de fumar gracias a estos productos.
Japón y Nueva Zelanda han mostrado que una estructura de impuestos diferenciada, que favorece productos menos dañinos, puede reducir significativamente el consumo. Malasia, por el contrario, impone el mismo impuesto a todos los productos de nicotina y ha visto crecer su mercado negro, que ya representa más de la mitad de las ventas.
La gran pregunta para Hong Kong es si su estrategia busca proteger la salud o simplemente imponer control. Si el objetivo es lo primero, entonces ignorar la evidencia científica y las experiencias de miles de usuarios es una forma de sabotear cualquier avance real.
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