Una académica de Nueva Zelanda sostuvo recientemente que el vapeo debería limitarse a un método para dejar de fumar y no utilizarse con fines recreativos. Su declaración, en la que además citó el caso de Australia y su mercado negro de cigarrillos electrónicos, se suma a una visión que sectores contrarios al uso de estos dispositivos han sostenido con frecuencia.
Sin embargo, la historia del vapeo muestra un origen distinto al planteado por esas posturas. En 2003, el inventor chino Hon Lik desarrolló el cigarrillo electrónico moderno y explicó que su objetivo era ofrecer una forma de consumir nicotina con riesgos potencialmente menores que los del tabaco combustible. Según sus propias palabras, no diseñó el dispositivo como una herramienta para abandonar la sustancia, sino para continuar disfrutándola sin los efectos del alquitrán, el monóxido de carbono y otros subproductos asociados a los cigarrillos tradicionales.
Lejos de ser un proyecto impulsado por instituciones gubernamentales o académicas, la adopción de los cigarrillos electrónicos surgió desde los propios consumidores. Fueron los fumadores quienes incorporaron el dispositivo como alternativa para seguir consumiendo nicotina de manera diferente.
En ese sentido, especialistas en filosofía política recuerdan que, ya en el siglo XIX, John Stuart Mill estableció que el poder del Estado solo puede aplicarse sobre un individuo en contra de su voluntad cuando sus actos representan un daño para otros, no para protegerlo de sí mismo.
LOS RIESGOS PARA TERCEROS
Diversos estudios han señalado que el vapor exhalado por usuarios de cigarrillos electrónicos presenta riesgos mínimos para terceros. Bajo ese marco, el debate gira en torno a si el consumo recreativo de nicotina en adultos debería considerarse un asunto de salud pública o un ámbito de elección personal.
Ejemplos como el de Singapur reflejan la tensión de este debate. Allí, las leyes permiten sanciones que incluyen multas e incluso cárcel para quienes utilizan cigarrillos electrónicos, mientras que los cigarrillos tradicionales continúan siendo legales. Para críticos de estas medidas, esa contradicción muestra los efectos de políticas restrictivas que pueden generar consecuencias contrarias a las buscadas.
Lo cierto es que el vapeo no nació únicamente como un instrumento para abandonar el tabaco. Presentarlo de esa manera implica reducir su propósito original y desconocer la motivación de quienes lo adoptaron desde su creación: disfrutar de la nicotina a través de un medio diferente al cigarrillo combustible.
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